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Hoy, en cada hogar dominicano, hay una preocupación que se repite: el alto costo de la vida. No es un tema político, es una realidad diaria que se siente en el mercado, en el colmado, en la factura del supermercado y en el bolsillo de las familias trabajadoras.
Durante los gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana, el control del costo de los alimentos y de los servicios básicos fue una prioridad clara. No porque no existieran dificultades, sino porque había planificación, acompañamiento al sector productivo y políticas sociales que amortiguaban los impactos económicos.
Hoy vemos cómo el salario rinde menos, cómo la canasta básica se vuelve cada vez más inalcanzable y cómo muchas familias deben hacer malabares para cubrir lo esencial. Cuando el Estado pierde capacidad de regulación, de previsión y de respuesta, el pueblo es quien paga las consecuencias.
El alto costo de la vida no se enfrenta solo con discursos ni con explicaciones externas. Se enfrenta con políticas públicas firmes, apoyo real a la producción nacional, control de intermediarios, protección del poder adquisitivo y sensibilidad social.
Gobernar no es administrar excusas; gobernar es tomar decisiones que protejan a la gente, especialmente a quienes viven del día a día. Y esa fue una de las grandes diferencias de nuestros gobiernos: entender que la estabilidad económica también es una política social.
Hoy más que nunca, la República Dominicana necesita volver a un modelo donde el crecimiento económico se sienta en la mesa del hogar, no solo en estadísticas.
Porque cuando la vida se encarece y el salario no alcanza, el pueblo recuerda quién gobernó con responsabilidad, cercanía y visión social.