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Es evidente que el crecimiento del turismo dominicano ha sido sostenido en el tiempo. Sin embargo, es necesario recordar, y subrayar con objetividad, que las bases fueron sentadas hace muchos años, durante gestiones pasadas que marcaron lo que hoy pueden considerarse los años dorados del turismo nacional. Fue en ese período cuando se inició un proceso estratégico de posicionamiento de la República Dominicana en la región del Caribe y en mercados internacionales clave, logrando desde entonces ocupar un lugar de primacía en la preferencia de millones de turistas.
Ese liderazgo no fue casual. Respondió a una combinación de factores bien estructurados: una amplia y competitiva oferta hotelera, una cultura de hospitalidad, altos estándares en la calidad de los servicios, y, sobre todo, esa calidez humana que caracteriza al dominicano, esa vocación natural de servicio, esa empatía genuina con la que el dominicano acoge al visitante y que se convierte en un valor diferenciador del destino.
La presencia activa y estratégica de la República Dominicana en ferias como FITUR demuestra que el turismo requiere seguimiento permanente, una estrategia clara de posicionamiento y una política de Estado que trascienda coyunturas y administraciones.
Ahora bien, el turismo dominicano enfrenta retos estructurales importantes que no pueden ser ignorados si se quiere mantener, y mejorar, ese crecimiento sostenido. Uno de los desafíos centrales está en la calidad integral de los servicios turísticos, pero también, y de manera muy especial, en el ordenamiento territorial, las regulaciones y la planificación.
No es sostenible continuar creciendo sin iniciar, y ejecutar con firmeza, un plan serio de ordenamiento, regulación y planificación del desarrollo turístico.
El crecimiento sin planificación termina pasando factura. Persisten zonas arrabalizadas, con déficits evidentes de infraestructura, servicios básicos, movilidad y gestión urbana, que contrastan con el éxito del destino que las rodea. En ese sentido, Bávaro–Punta Cana, como principal polo turístico del país y de la región, requiere una intervención estructural y sostenida del Estado, con inversiones claras en infraestructura, ordenamiento urbano, transporte, saneamiento y control del crecimiento desorganizado.
Asimismo, es clave seguir fortaleciendo la confianza del empresariado, que históricamente ha apostado por el país y ha sido un pilar del desarrollo turístico. Esa confianza se preserva con reglas claras, planificación a largo plazo, seguridad jurídica y una verdadera articulación público-privada que vaya más allá del discurso coyuntural.
Otros polos, como Puerto Plata, muestran con claridad los efectos de la falta de continuidad en la gestión turística. El caso del teleférico, hoy abandonado, simboliza rezago, desatención y oportunidades perdidas. Retomarlo, reacondicionarlo y ponerlo en funcionamiento no es un lujo, es una necesidad para reactivar y dinamizar toda la zona.
Existen además otras regiones del país que continúan rezagadas, fruto de la falta de atención sistemática por parte de las autoridades competentes. Si se aspira a un turismo verdaderamente sostenible, competitivo e inclusivo, esas áreas no pueden seguir excluidas de una política turística integral.
En definitiva, el turismo dominicano avanza y muestra resultados positivos, pero ese avance debe ir acompañado de orden, regulación y planificación. A esto se suma que, en los servicios complementarios, existe una urgencia de trabajar con las ilegalidades que afectan al sector, distorsionan la competencia y deterioran la calidad del servicio. Solo sobre esa base será posible continuar con la planificación de un desarrollo sostenido del sector turístico en todo el país.